La primera cita – Crónicas de un hombre Doula

Yo creía que era a la 1 pm. Pude estar allí a la 1:05.

Como había decidido estacionarme en un parqueadero fuera del Hospital, dejé el teléfono en el carro para poder ir ligero de pertenencias, como nos habían sugerido. A los efectos del encuentro, acababa de avisar que estaba por llegar.

Ya en el punto acordado, comienzo a buscar a Tamara y a Ale. Sin divisarlas a primera ojeada, decidí ir corriendo a los quioscos de en frente (con la agitación propia de aquel que anda incomunicado) para comprar el tapabocas que le faltaba a mi bolso de Doula. Allí no tenían, pero me sugirieron llegar hasta la farmacia de la Emergencia para ver si corría con mejor suerte; corrí y con suerte, pues quedaba sólo uno en existencia.

Regresé nuevamente en carrera a la placita de la entrada del hospital y en lugar de conseguir a Tamara y  Alejandra, encuentro a Jessica y Ale, quienes apenas venían saliendo del turno de la mañana. Querían almorzar y casi se me escapan con un taxista al que una le preguntaba sobre el traslado, mientras la otra me ponía al tanto de que el próximo turno comenzaría a las 2 pm y no a la 1, como yo creía. Además acababan de salir y a Ale le tocaba doble tanda ese día, necesitaba comer. Sabiendo esto y escuchadas sus preferencias, sacamos el carro del estacionamiento y nos enrumbamos a un restaurante vegetariano.

Yo, iba muy emocionado, mi condición física y mental era distinta a la de ellas: era “hombre doula” y recurrentemente pensaba que ese día me podía enfrentar a los rechazos “más importantes y fuertes” de mi vida.

Obviamente, les caí a preguntas, y obtenía respuestas tan naturales y normalizadas que no conseguía aplacar mis nervios. Ale es enfermera profesional (¡lo que no haya visto!) y Jessica es una de mis compañeras de formación más proactivas, es decir, que también sabía cómo era todo. Para mi, seguía existiendo un universo de incertidumbres por descubrir, pero con un condicionante: la descripción fue consistentemente la de un espacio hostil.

Después de escuchar sus experiencias y haberles dicho que mi intención era la de pasar desapercibido, como un interno de guardia o un enfermero (para no incomodar principalmente a las madres), ellas me terminaron de calmar confirmando que no debía preocuparme, que todo era cuestión de actitud. Pagaron ellas (yo aún sin apetito, no comí) y nos fuimos de vuelta al hospital. En el camino Jessica continuó su ruta y nosotros la nuestra.

Apenas llegamos a la placita nos encontramos esta vez con Tamara y entramos a las instalaciones sin mayor dilación, sorteamos el breve laberinto y llegamos por el backstage al piso 1.  Aún afuera, hicimos un pequeño rezo a orilla de escalera solicitando luz al universo, a nuestros protectores y acompañantes para la faena. Ellas iban a entrar a un vestidor y pidieron permiso para mi acceso, causando revuelo, según entendimos ese espacio servía sólo a las damas. Yo avisté un cuartico de 1m2 con una insegura y destartalada puerta y les dije que no se preocuparan, que yo me cambiaba allí rapidito; mientras entraba. Tardé un poquito más de lo esperado, porque a medio desvestir tuve que revertir el proceso para adecentarme y salir a explicarle a la enfermera jefa, quién rayos era yo y con quién andaba para hacer lo que había venido a hacer.

Ya listos, ¡nos fuimos para adentro! Todo me llamaba tímidamente la atención, no quería incomodar. Llegamos al pasillo del fondo en la sala de parto, donde encontramos a 2 madres en labor. Alejandra ya las conocía y venía trabajando con ellas desde temprano, fue directa. Yo me quedé un poco más atrás esperando reacciones.

Tamara nos presentó nuevamente como Doulas y les preguntó si podíamos acompañarlas; entre los dolores “contractuales” que les propiciaba la oxcitocina sintética alcanzaron a asentir. En ese momento nadie sabía por dónde nos iba a guiar el gran misterio durante el acompañamiento.

La primera mujer a la que me acerqué se veía bastante joven, durante sus ráfagas casi desmayaba por la desconcertante sensación y tan sólo atinaba a mordisquear una sábana para no gritar (porque tal osadía valía un regaño seguro). Me quedé allí, con cada vez más ganas de hablarle, hasta que hice el primer intento, explicándole como soltar la sensación de la contracción ayudándose con la respiración y un suave gemido; lo intentó sin chistar, hizo su mejor esfuerzo y por lo visto le comenzó a funcionar (afortunadamente), porque gracias a eso, permitió a este completo extraño de antifaz desechable tomarle de la mano durante una de esas contracciones: ¡fue un antes y un después! Me aceptó y me entregué a su servicio.

Sólo podía estar concentrado en que dentro de ella estaba un ser que en breve iniciaría su historia extrauterina. Esa es una bendición mágica que siempre supera mi entendimiento, porque es sencillamente es eso, magia pura (a pesar de lo que digan los “entendidos”).

Acomodamos la cama, respiramos, nos agarramos las manos y le masajeaba las piernas cuando los músculos se le engarrotaban o las dejaba de sentir. En una de esas ¡casi me muerde!, afortunadamente me quité a tiempo y ella también espabiló, fue un sustico de nada, Jeje.

Conforme las sensaciones se le hacían más intensas, más fuerza tenía que usar yo para asistirla, se colgaba de mis manos y se levantaba del colchón quedándole medio cuerpo suspendido en el aire; la posición no me ayudaba pero la adrenalina sí.

Mis compañeras, Tamara y Ale, siempre estuvieron allí cerca, entre tod@s le hablábamos y, mientras ellas la asistían con el aseo y cambio del protector de cama, yo pude acercarme a la cama contigua, donde estaba una mujer grande y serena, en su proceso intenso, pero llevándolo con mucha ecuanimidad.

Me habían comentado que se llamaba Maigua y con 42 años este era su tercer hijo. Seria y concentrada en su labor, cargada de positivismo y respirando con conciencia, había llegado al acuerdo con Alejandra, de anunciar las ráfagas con su palabra favorita “Chocolate”. Pues bien, chocolaticos fueron y vinieron; durante varios de ellos Ale me guió para darle un masaje sosteniendo sus caderas con un movimiento firme y suave desde los lados hacia su columna, de afuera hacia adentro, mientras ella de pie (Maigua) se apoyaba en la cama con sus manos, inclinando su torso hacia adelante, lo que le hacía más llevadera la sensación.

Entre choco y choco me daba chance de sostenerle la botella de solución intravenosa mientras ella caminaba, cinco pasos de ida y cinco vuelta en ese pasillito junto a su cama (recordé a las leonas del zoológico). Yo opté en un momento por no ser su sombra a cada paso y preferí quedarme a mitad de trayecto, haciendo flotar el envase de solución de mano en mano (las mías) mientras extendía y recogía los brazos para nunca estar fuera de su alcance. Allí aproveché de presentarme por mi nombre y ella también. No hablamos mucho, son momentos (como decía Benedetti en otro contexto, pero también válido) en los cuales es difícil decir algo que realmente no sobre. Y es que en nuestra preparación, de una u otra forma se deja siempre claro que no estamos allí para condicionar la experiencia a nuestras expectativas, sino como apoyo; y ella lo estaba llevando bastante bien, se notaba empoderada.

Intercambiamos nuevamente de parturientas y me devolví a otra tanda con la pequeña, en esta oportunidad y a pesar de los comentarios de las internas y enfermeras desdiciendo la técnica de respiración con la que le íbamos guiando, nos compenetramos cada vez más ráfaga a ráfaga.

Apareció la doctora de guardia, le hizo un tacto y se fue, rondaba los 6 cm (aún faltaba), y no tardaron en aparecer enfermeras, para preguntar, no por primera vez, un montón de cosas para las estadísticas: edad de desarrollo, edad a la cual sostuvo su primera relación sexual, número histórico de parejas, nombre de su madre, nombre de su padre… Y ¡pum! su semblante cambió, aún sin proferir palabra, noté que él ya “no estaba”; tragó grueso y lo confirmó.

Afortunadamente la enfermera esperó pacientemente cada una de las respuestas interrumpidas por las contracciones, mientras yo le repetía o completaba algún detalle que ella no alcanzaba a oír entre los susurros pujantes de Yosbeidy (así se llamaba). Entonces se dio cuenta (la enfermera) de que mi presencia era útil, cuando menos para servirle de traductor simultáneo Susurro-Español. La verdad sentí que fue muy respetuosa y empática. Y es que definitivamente, una actitud humilde, serenamente firme y asertiva nos permite ganar terreno en campo del respeto.

Ya solos nuevamente, le planteo a Yosbe que se levante de la cama para darle un masaje como el que recién le había practicado su vecina de cama, pero no quiso, tenía mucho temor a moverse “más de la cuenta” y volvimos a la dinámica de respiración y suspensión; sólo que ahora contaba con otra herramienta, no el masaje, sino haberla escuchado pedir fuerza a su desencarnado padre en uno de esos momentos en los que sentía que ya no podía más.

Mientras acariciaba su cabello entre contracciones, en algunos instantes le cantaba mantras y en otros le decía que era una valiente, fuerte y que todo iba a pasar rápido, que su papá y demás angelitos de la guarda la acompañaban, que les pidiera fuerzas, que todo iba bien, que confiara en ella, que su cuerpo era sabio, que no estaba sola, que ya el bebé estaba por llegar y que ¡sí podía!. Verla cambiar de actitud y llenarse de fuerza con esta última y brevísima frase, cada vez que gemía “ya no puedo más”, me mostró lo que es el poder personal, y no creo que visto así, pueda olvidarlo nunca más. ¡Si se puede!

Ella sentía que todo era cada vez más intenso (obvio que lo era) mientras me decía que no quería el goteo (oxitocina sintética) porque le hacía sentir dolor (con mucha razón). Y aunque ganas no me faltaban de terminar de arrancarle el catéter ese, que estaba ya mecánicamente estresado de tanto doblarse y desdoblarse con cada movimiento de muñeca (el adhesivo parecía tener el pegamento vencido), sabía que no debía intervenir allí.

La frecuencia de sus contracciones aumentaba y después de esperar largo rato por la doc, ésta apareció para hacerle el tacto:

-¡Estamos listos, vámonos para los ganchos!, exclamó.

– Vamos Yosbeidy, yo te llevo, agárrate de mi y baja de la cama que ya llegó el momento. Se aferró, la sostuve y de la emoción no recuerdo si alguna de mis otras compañeras me ayudó en el camino, no me extrañaría, porque aunque lo esté contando yo, siempre estuvimos tod@s junt@s.

Unos poco pasos y estábamos en la camilla de inservibles, oxidados e inutilizados ganchos, yo permanecí a su lado izquierdo, tomándole de la mano y respirando con ella: me veía, la veía, respirábamos y pujábamos, mientras la doctora en el frente de batalla, decidía hacer la episiotomía con la tijera de turno, sólo que esa, para sorpresa de todos ¡estaba mellada! Y, en vez de cortar, el primer intento resultó en un pellizco de proporciones que sólo la anestesia local permite sin que ocurran bajas en la plantilla del personal médico.

Las maniobras desde las filas laterales se veían complejas: ocho dedos dentro de la vagina, cuatro por mano, en una llave de apertura forzada nada deseable, mientras la doctora le “informaba” a la parturienta que eso había que hacerlo rápido, porque ya su bebé allí abajo no tenía oxígeno y que debía poner de su parte, hacerlo por su bebé, seguir las instrucciones y cuidadito con gritar.

– ¿Cómo se llama?, preguntó Ale.

– José Manuel, respondió Yosbe.

– ¡Ven José Manuel, te estamos esperando!, cantamos Tamara, Ale y yo.

Unos 4 o cinco pujos (según mi cuenta) y JM coronó, acto seguido salió su cabeza, rotó y con el mismo impulso la doctora lo posó sobre el abdomen de su madre al terminar de salir, mientras nosotr@s le decíamos entre lágrimas de emoción y risas nerviosas: ¡BIENVENIDO JOSÉ MANUEL!

Después de eso, me quedé dándole las gracias repetidas veces a Yosbeidy por haberme permitido acompañarles; haciéndole reverencias de respeto y admiración con mis manos unidas frente al pecho.

José Manuel nació limpiecito y comenzó a llorar, a las 4:41pm, justo en el instante en que el semblante de su mamá, de 17 años, resplandecía.

Sin haber superado aún la emoción por completo, las compañeras me dicen, que otra de las vecinas (a la cual no había podido yo prestar mucha atención hasta ese momento, pero que había visto todo mi proceder con Yosbeidy) estaba lista para parir.

Me cambié los guantes y me fui hasta su cama, notando además que Maigua aún estaba por ahí caminandito. Esta chica, yo no sabía como se llamaba, pero de un sólo impulso, se agarró de mi brazo y nos fuimos a otra estación de parto. Una vez más presencié el desgarrador protocolo mientras le daba ánimo y le tomaba de la mano para recibir sus descargas de sensación con cada apretón. Esta vez, llegó una nena y reactivamos la ceremonia de bienvenida, sólo que después de proferir su nombre esa primera vez, lo olvidé por completo, era compuesto y complejo jejeje.

Salieron las placentas (órganos tan maravillosos como subvalorados) y fueron apiladas en una palangana de acero inoxidable, como un producto caduco.

Las reparaciones de las episiotomías tomaron más tiempo. Yosbeidy estaba sangrando mucho, porque se le había desgarrado el cuello del útero; presuntamente por haber pujado con mucha intensidad antes de tener la dilatación mínima necesaria para proceder. Es lo que tiene la oxitocina sintética, descoloca y acelera; no siempre claro está, pero ya sé que tengo que estar preparado para prevenir ese escenario.

Su desgarro necesitó de la intervención de una doctora de mayor rango y de la extracción de coágulos a mano invaginada y sin anestesia. Al ver que le dolía más que el mismo parto, asumí mi posición a su lado y tomándole de la mano nuevamente, recurrimos a las mismas técnicas de respiración y afirmaciones recién probadas; no le quitaron el dolor, pero sentir que no estaba sola le ayudó a aguantarlo (según me comentó después de que todo había pasado).

Visitamos a los bebés en el puesto donde las enfermeras los aseaban, medían y pesaban. Le regalé a José Manuel un body entero con un gorrito a juego (que nos habían regalado para Rocío y que le pusimos el día que nació), porque pasó un rato desnudito. ¡Qué buena idea la de Mechita al empacarme ese atuendo!

Nos acercamos nuevamente a las recientes madres y les hablamos de la lactancia materna, yo particularmente hice énfasis en lo que he venido aprendiendo con Meche y Rocío. Les decía que nuestra gordita era una cachetona que no había tomado ni agua:

-Ejem, bueeeeno, uno de los primeros días le dimos agua de coco y se la tomó, ¡pero ya!, de ahí pa´lante pura teta, que es lo mejor para mantener sanos a l@s bebés. Y por ahí me fui…

Me escucharon con atención y se mostraron muy agradecidas. Luego se explayaron en detalles acerca de lo que sintieron durante su proceso y una vez más el agradecido fui yo.

Maigua seguía por allí y mientras nosotr@s estábamos en pleno apogeo por allá de camilla en camilla, ya habían determinado que tenían que intervenirla para evitar el sufrimiento fetal que estaba comenzando a manifestarse; porque al final, no dilató. Alcanzamos a asistirla para recoger sus pertenencias y montarla en la camilla en la que la trasladarían a pabellón, le dimos nuestros mejores deseos y agradeciéndole la oportunidad de estar allí, nos despedimos.

Ya list@s, saludamos de nuevo a las madres y al personal de salud, dándoles las gracias, bendiciéndoles y llevándonos una emoción sobrenatural en el pecho por haber presenciado esas bienvenidas.

A pesar de haber asistido el parto de Rocío (lo cual cambió mi vida, movió mi piso y percepción sobre las mujeres), esta experiencia me confirmó lo que mi corazón venía sintiendo: El nacimiento es un proceso poderoso y estar apoyando en ese momento, es un verdadero privilegio.

Al llegar a casa y luego de una ducha, recibí a mi esposa e hija desbordante de amor y paz, las abracé y les di las gracias a ambas por haber co-creado ese parto que en condiciones amorosas y humanizadas experimentamos junt@s. Ese fue otro gran privilegio que les agradezco infinitamente, no sólo a ellas, sino a todos los involucrados, comenzando por Dios.

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