Ämay: Volviendo a la Raíz

Amäy, en la lengua de nuestros hermanos los Pemones, (tribu indígena de  Venezuela) significa Madre.

Es una hermosa palabra, que fonéticamente nos encantó, pero más allá de su significado y linda sonoridad nos recuerda lo que en principio y esencia queremos hacer, propiciar y fomentar (no solo nosotros, sino muchas personas y grupos en todo el mundo)… La vuelta a las raices.

Y es que pareciera que todo eso del parto humanizado y la crianza respetuosa, fuesen sólo temas de moda (sin malponer o criticar las modas, sin duda, hay algunas como esta, que resulta estupendo que existan), pero en realidad estamos volviendo atrás a lo más mamífero, lo más básico y hermoso, porque la humanidad necesita esencialmente más AMOR.

No hace falta más que mirar de cerca al Parto NATURAL. Después de años de vivirlo como una enfermedad de riesgo, las masas quedaron convencidas de que es “mejor”  medicalizarlo y a ser posible evitar su desenlace natural por voluntad propia o impuesta en la mayoría de los casos; claro está, siempre que se tengan los recursos económicos, un seguro al menos, que cubra los gastos clínicos o de otra forma, parir queda sólo para las mujeres con escasos recursos económicos, y para “las locas”.  Fue así como, lo que en principio, era una necesidad de disminuir el riesgo de muerte, tanto de las madres como de los neonatos, se convirtió en un negocio y una rutina que dejó a la mujer privada de facto, de aquello que ella siempre estuvo capacitada para hacer por naturaleza.

Son ya varias las generaciones que han venido naciendo desprotegidos del derecho a nacer en paz y con respeto, siendo tratados como productos y no como individuos. Sin duda esto es un enorme problema que nos afecta a todos y que va más allá del primer instante en el que tomamos aire, en realidad todas las condiciones de ese momento, marcan a cada ser para toda su vida. Por ello surge cada vez más la necesidad en cada mujer y cada familia, de rescatar la forma natural de nacer, que en realidad tiene menos riesgos y más beneficios para todos (menos para las arcas de las maternidades exacerbadamente capitalistas).

Y así, lo mismo ocurre con la lactancia materna, se hace necesario retomarla, como si no existiera la comodidad de la fórmula, como si no existieran los relojes, como si no existiera nada más que el recién nacido y su madre, como si no existiera ni una sola mujer que no produjera leche.

Las fórmulas maternizadas, si bien han solucionado muchos problemas para aquellos bebés cuyas madres no pueden o no deben amamantarlos (un aplauso para la ciencia), también han desvirtuado el acto de dar teta y se nos venden como iguales o mejores tan sólo por su “practicidad”. Y es que tristemente, la maternidad se ha ido transformando en un blanco de la industria y en una vivencia industrializada, desvalorizada y subestimada, dejando profundas heridas emocionales, corazones rotos, infelicidad y desarraigo. Hemos olvidado tantas cosas que nos pertenecen en esencia, como es amar sin condiciones y ya no nos queda otra cosa que volver a la raíz como única salvación.

De la necesidad de sumarnos a un grupo de humanos esperanzados por cambiar el rumbo que ha ido tomando nuestra especie, surge Amäy. Para así poder desandar la violencia que ha condicionado cada acto natural desvirtuado por el egoísmo y la ambición. Porque un sistema desmedidamente codicioso y profundamente vacío al que sólo lo material puede importar, es capaz de destruir la esencia de nuestro planeta a cambio de objetos caducos. Y a pesar de la apariencia extremista de esta afirmación, no es exagerada, pues todo está conectado y el cambio que necesita la humanidad tiene que ser profundo, sanando las raíces desde el principio, incluso desde antes del nacimiento.

Hay que devolver a las mujeres y a los hombres de hoy el valor inmenso que tienen como padres y madres, ayudando a sanar todo el desamor que hemos estado viviendo por muchas generaciones, mirando ahora hacia lo natural. Porque la naturaleza nos muestra lo que al menos, es mejor para todos (sin renegar de los beneficios que la medicina nos pueda aportar en determinados momentos, cada cosa en su lugar). Y no se trata sólo de mirar o abrazar árboles, se trata de conectarnos con lo esencial, ser más niños y menos adultos, más instintivos y menos mecánicos, más sentimentales y menos mentales, más universales y menos culturales.

En definitiva algunas personas nos llamarán locas (y locos) por hacer algo “tan primitivo” como parir en pleno siglo XXI ¡con tanta evolución tecnológica!; al igual que lo pensarán por el hecho de dar teta después del calostro y mucho más si es de forma exclusiva, pero sin duda son personas muy confundidas y alienadas por un sistema, que lejos de brindarnos salud y bienestar, nos ofrece una comodidad que nos aleja de nosotros mismos, nos aleja de nuestros hijos y, nos acerca cada vez más a un abismo que pone en peligro a nuestra especie y todas las demás con las que compartimos este hermoso hogar al que llamamos Tierra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *